El circo global y el niño especial
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Cuando a un niño se le aplica una técnica determinada en función de logros, de un resultado preestablecido, olvidándose del quehacer y de la experiencia infantil, se domestica el pensamiento, la inteligencia y el conocimiento. Si finalmente el niño logra los objetivos propuestos y analizados según la medición y el currículum estándar, se crea una memoria uniforme, correcta y en performance. El niño existe allí como objeto de conocimiento, dejando de lado su esencia deseante y subjetiva, o sea, lo infantil de su infancia.


Estos días leí una historia que, al leerla, recordé que ya la había leído hacía mucho tiempo.

Cuando uno re-lee una historia, de algún modo ella lo lee a uno. Pensé que tal vez podríamos pensar en ella para procurar comprender lo esencial de lo infantil, tan vital en el trabajo con niños con problemas en la estructuración subjetiva y el desarrollo.

Es la historia de dos osos que son atrapados en un bosque para ser llevados a un circo. Uno de ellos era más inteligente que el otro. Aprendió a andar rápidamente en un monociclo, a pararse y a hacer equilibrio en una pelota gigante, a caminar sobre una soga y a hacer piruetas y destrezas con varios aros. Aprendía magistralmente todas las pruebas, las ejecutaba con precisión y gran agilidad. Poco a poco se transformó en la verdadera atracción del circo, eclipsando a los demás integrantes.
Podemos imaginar los carteles de propaganda y marketing de ese "famoso" circo: "El mejor circo con el oso más inteligente del mundo". "Vea al oso más increíble que jamás haya visto". "Admire y viva las genialidades del oso inteligente".

El otro oso sin embargo, no aprendía nada. El entrenador intentaba todos los métodos, las técnicas didácticas, los premios más agraciados, los castigos más terribles, pero nada daba resultado: no comprendía la consigna ni lo que tenía que hacer.

No había dudas, el diagnóstico -psicológico o psicopedagógico- era certero: ese oso no aprendía nada, era un oso "especial", discapacitado, con un coeficiente intelectual por debajo de lo normal, era un débil mental.

Era imposible que aprendiera, no tenía mucha inteligencia. En el circo se decidió (por consejo médico) esperar a que madure. Así pasaron los años pero no hubo ningún cambio. De ese modo, poco a poco lo fueron apartando, lo dejaron fuera del show, del gran espectáculo. Vivía triste y solo, pero incluido dentro del circo. No participaba de ninguna función. Nadie le pedía nada.

Finalmente el tiempo de esplendor y grandeza del circo se fue terminando. Debido a la gran crisis financiera, los dueños del circo decidieron cerrarlo y dejar a todos los animales en el bosque, de donde habían sido traídos. Cuando llegaron al bosque el oso inteligente estaba con su monopatín y la pelota, que por supuesto en ese momento no le servían para nada.

El oso inteligente sólo sabía hacer lo que le habían enseñado. No podía entrar al bosque, porque de tanto entrenar y aprender las pruebas del circo, se había olvidado de todo lo concerniente a ser oso. Había aprendido a olvidarse de su esencia.

Como sabemos, el oso tenía una gran inteligencia pero no le servía para ser oso y entonces allí quedo aislado, sin entrar en el bosque, dando a ver el número de circo que tanto y tan bien había aprendido de memoria. Repetía pruebas, saltos, equilibrio y piruetas para la mirada de nadie, pues la mirada de los humanos ya no lo veía y había quedado solo, a la vera del bosque, en el borde del camino, en esa soledad de lo inhóspito.

El otro oso, que nunca había aprendido ni sabía nada, al ver el bosque recuperó la alegría. Recordaba todo lo del bosque, los colores, sabores, olores, sonidos. Sabía ser el oso que existía en su esencia, a la cual no había renunciado, no había claudicado ante la técnica. El oso "especial", inadaptado, discapacitado, débil mental, entró al bosque y recuperó lo esencial, la animalidad, que a pesar de todos los tormentos y apremios, no había perdido.

Hasta aquí la breve historia de los osos, que podría continuar de muchas maneras diferentes como el cuento de las Mil y una noches. La inquietante historia que acabamos de relatar la podemos transformar en paradojal conjetura acerca del saber, la inteligencia, el aprehender, el conocimiento y la subjetividad.

El primer oso, genial e ideal, había construido una inteligencia sensorio-motriz perfecta, exacta, eficaz. Hacía todo lo que le enseñaron con esmero, tesón y rapidez. Para poder realizar correctamente el número más aclamado por el público, el oso tenía que olvidar y desmemorizar todo lo concerniente al saber animal.

Construía entonces un nuevo saber, aprendido, domesticado y asimilado. Lograba un conocimiento adecuado acerca del equilibrio, las praxias, los saltos y las coordinaciones viso-motoras, apartándose cada vez más del viejo saber propio de los osos, adaptándose a los humanos. Era tomado como un objeto de conocimiento y respondía perfectamente a las técnicas didácticas y pedagógicas aplicadas. En definitiva, se sometía fielmente al saber-poder del Otro.

Este oso sin duda existía, pero no como oso. Se parecía a un niño jugando pero sólo era una apariencia, porque en realidad nunca jugaba, sino que actuaba el saber del otro, el presupuesto técnico, la didáctica pedagógica que, de este modo y sólo así, lo nombraba como "inteligente" y genial.

l oso inteligente, para serlo, tenía que rechazar y expulsar su esencia animal. Tenía que perder el "sabor", la curiosidad, la tristeza, el instinto, en fin, la naturaleza del oso para someterse a la disciplina, concentración y atención del nuevo saber-técnico que lo hacía más "humano" para los humanos.

El circo, con sus excelentes técnicas pedagógico-didácticas, había logrado instalar un nuevo pensamiento, una nueva memoria en el oso. Al producirle un saber, un conocimiento y una memoria actual, moderna y verdadera, había podido expulsar a la fiera, o sea, su esencia.

No deja de sorprenderme la cantidad de niños que están sometidos a esta nueva memoria efectiva, funcional, condicionada y automática. No es una memoria que recuerda, es decir, que olvida para resignificar, apropiarse y aprehender lo recordado; sino que es una memoria estática, inasible y domesticada (1).

Es una memoria del estímulo, responde a él automatizándose, siempre realiza la misma respuesta y es "inteligente" con relación al estímulo. Tiene muchas utilidades. Sirve para estimular, pero no para representar, pensar y crear. Podríamos denominarla, modernamente, memoria performance.

Ella realiza la acción indicada de acuerdo al estímulo propuesto, aunque esa acción carece de representación, de sapiencia (2).

Cuando a un niño se le aplica una técnica determinada en función de logros, de un resultado preestablecido, olvidándose del quehacer y la experiencia infantil, se domestica el pensamiento, la inteligencia y el conocimiento. Si finalmente el niño logra los objetivos propuestos y analizados según la medición y el currículum estándar, se crea una memoria uniforme, correcta y en performance. Memoria sin olvido, efímera y estimulante.
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El niño existe allí como objeto de conocimiento, dejando de lado su esencia deseante y subjetiva, o sea, lo infantil de su infancia.

El logro es un oso-niño-inteligente para el circo global. Lo que ha perdido en el camino de la técnica moderna es la curiosidad, la chispeante e indómita sagacidad, la alegría del descubrimiento de lo nuevo. Ha perdido la estética, la po-ética del oso-niño y, con ella, perdió lo infantil y, de tanto insistir y reiterar, se corre el riesgo de jamás recuperarlo.

Actualmente nos encontramos con técnicas cognitivas para tratamientos de niños autistas, que intentan denodadamente lograr "niños-osos-inteligentes". Ellas consisten en una estimulación constante y cotidiana en el hogar del paciente, tendiente a que el niño aprenda ante un estímulo, una respuesta adecuada. Cuando esta respuesta es acertada, se le premia para que registre el estímulo correcto, domesticando de este modo la respuesta del niño.

Una madre, sobre esta técnica, me comenta angustiada y azorada: "vienen todos los días a mi casa, trabajan entre 4 ó 5 horas por día. Yo también tengo que trabajar como ellos. Le quise comentar a uno de los terapeutas que viene los lunes y martes, lo que estaba haciendo el que viene miércoles, jueves y viernes, porque, al mostrarle una figura de un chocolate mi hijo la señaló y, al hacerlo, como estaba bien, le dio un chocolate y le cayó mal, no quiso comer nada en todo el día. Entonces me respondió que no lo conocía, que trabajaban con el mismo método pero que no se habían reunido nunca. Ahí me di cuenta -termina de afirmar la madre- que entre ellos no se conocían, ni habían hablado de mi hijo".

Estas técnicas están destinadas a someter, controlar y condicionar a los niños. Para ello, son técnicamente "útiles", prácticas, ordenadas, redundantes y tienen poder. Pretenden anular y descartar lo más brillante, apasionante y extraordinario de la infancia, o sea, lo infantil de cada niño.

Finalmente, a costa de perder la esencia infantil, logran entrenar a un "niño-oso-inteligente". Lo condicionan domesticándolo, entonces, aprende... sin que en ese pensamiento logrado exista como sujeto.

El otro oso-niño, el poco inteligente, el débil e incapaz, se esforzaba para no olvidar, procuraba recordar. Para él, ser oso en la tristeza e inutilidad de un circo (escuela) le abría las puertas de sus recuerdos que no podía ni quería olvidar. El efecto era inverso al del oso inteligente; cuanto más usaban la técnica, los presupuestos didácticos pedagógicos para que aprendiera el número del show, menos aprendía y más se resistía a abandonar los recuerdos infantiles, aquellos que lo sostenían posicionándolo en un "verdadero" oso-niño.

El oso-niño inmaduro, deficiente, se resistía como podía a perder su esencia simbólicamente subjetiva (animal). Luchaba frontalmente contra la técnica que oprimía su ser. Se inhibía metiéndose para adentro (inhibición) o se movía todo el tiempo sin parar, sin detenerse para que no lo puedan agarrar. Iba y venía, moviéndose de un lado al otro, sin estar quieto, tampoco estaba en ningún lado (síndrome disatencional o hiperkinesia), pero, de este modo, esquivaba al técnico.
En el gran circo escuela, cansados de intentar que aprendiera, de buscar todos los métodos posibles, en una reunión multidisciplinaria deciden, finalmente, dejarlo fuera del show -escolar-, aislarlo, pero seguir incluyéndolo en la compañía, pues era un circo que amaba a los animales y no excluía a nadie, aunque ya se supiera que nunca iba a aprender y que, plafonado, jamás podría participar del show.

El oso-niño estaba solo. En esa soledad obscenamente indiferente, el pequeño diferente se defiende de la domesticación del Otro. Los osos-niños especiales y deficientes se resisten a ser tratados como objetos, crean inteligentemente clamorosas defensas -hasta de las más autistas- con el único fin de preservar su última morada: el propio e impropio cuerpo.

El cuerpo maltratado del oso-niño se resistía, en su insípida presencia, a la inapelable indiferenciación y a la locuaz y perversa fuerza técnica de la domesticación "inteligente", para la cual eran objetos de conocimiento, estimulación y adiestramiento, más o menos funcional. Sin embargo, el oso-niño "débil e inmaduro" tenía un tesoro secreto que preservaba contra viento y marea: su pasado salvaje e infantil que lo había causado y formado como sujeto.

El niño-oso-catalogado de deficiente, débil mental o discapacitado, muchas veces ni siquiera puede conquistar y ser conquistado por ese tesoro y refugio infantil que lo causaría subjetivamente.
¿Qué tiene entonces, qué le queda? ¿Con qué se ha quedado?
Parecería que la respuesta estaría dada por la organicidad o la patología en cuestión. Por paradójico que parezca, es ella la que siniestramente lo sostiene, lo nombra y le otorga, en su inefable sepulcro, un refugio imposible.

Un niño, sostenido y formado no por su imagen de hijo (por la imagen corporal) sino por la imagen del órgano o de la patología, no tiene cabida como sujeto. Existe sí, pero sin existente deseante, pues el órgano y la patología no desean, sino que reproducen ellos mismos lo mortal en un cuerpo sin imagen corporal. No reside allí su debilidad ni la discapacidad, sino por el contrario, la tenaz y horrorosa consistencia de lo real.


¿CÓMO HACEMOS PARA QUEBRAR ESA INSISTENCIA CONSISTENTE DE LO REAL?

Proponemos abrir alguna ventana a esas jaulas, construir una escena donde, a través de la relación con él y no con la cosa-objeto, se comience a entrever aquel bosque de aventuras del origen, en el cual, en secreto, nace indudablemente el tesoro infantil de la infancia, aquel que el oso-niño tan sagazmente, a través de su malestar, conservaba.

"De veras que somos desgraciados nosotros, los niños; todos nos atrapan, todos nos dan lecciones, todos nos dan consejos. Es como si a todos se les hubiese metido en la cabeza que son nuestros padres o nuestros maestros, a todos, hasta a los grillos parlantes".
Pinocho, de Carlo Collodi.

Esteban Levin*

* Esteban Levin es psicólogo, psicomotricista, profesor de educación física, psicoanalista. Director de la Escuela de Formación en Clínica Psicomotriz y Problemas de la Infancia de Buenos Aires. Profesor invitado de distintas universidades de Latinoamérica y Europa. E-mail: levinpsicom@elsitio.net / Página web: www.lainfancia.net

Referencias bibliográficas:

1- Para ampliar esta acuciante temática, véase: Levin, Esteban. Discapacidad. Clínica y educación. Los niños del otro espejo. Editorial Nueva Visión. Buenos Aires. 2003.
2- Nos referimos a la etimología de la palabra sapiencia que significa "conocimiento que tiene sabor". Ese sabor del saber propio del acontecer infantil. Véase Alves, Ruben, Estorias de quem gosta de ensinar, Ed. Cortez, San Pablo, 1986, Pág. 15.
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